Economía se apaga; la gente feliz
Alejandro Jiménez
Los economistas comienzan a coincidir en el diagnóstico: la economía mexicana se está desacelerando. Sin embargo, los mexicanos, en su mayoría, dicen sentirse bien. No es una percepción aislada. Es un fenómeno medido.
Por un lado, los datos duros. El Semáforo Económico de México, ¿Cómo Vamos? señala que el PIB apenas creció 0.4 por cieto anual en el primer trimestre de 2026, muy lejos de 4.5 por ciento que ese organismo considera necesario para un crecimiento saludable.
La inversión representa apenas 21.2 por ciento del PIB, cuando el objetivo es 24 por ciento; la productividad incluso retrocedió (-0.1 por ciento); más de la mitad de los trabajadores permanece en la informalidad y casi uno de cada tres mexicanos no puede adquirir la canasta básica únicamente con su ingreso laboral. Apenas 8 por ciento de los especialistas considera que hoy es un buen momento para invertir.
El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado llega prácticamente a la misma conclusión. La recuperación perdió impulso; el consumo comienza a enfriarse; las ventas al menudeo muestran su menor crecimiento en casi un año; el empleo formal avanza mucho menos de lo que aparentan las cifras oficiales; durante junio se perdieron más de 319 mil ocupaciones y los analistas ya esperan que el PIB cierre el año apenas alrededor de 1.1 por ciento. La economía no está en crisis, pero sí camina peligrosamente hacia el estancamiento.
Hasta aquí, el diagnóstico parece claro. Lo sorprendente aparece cuando se pregunta a la gente.
Gallup encontró exactamente lo contrario de lo que cabría esperar. En su encuesta global Gallup World Poll (2008–2025) 84 por ciento de los mexicanos dice estar satisfecho con su nivel de vida; 73 por ciento considera que su situación mejora; 59 por ciento cree que es un buen momento para conseguir empleo y 56 por ciento piensa que las condiciones económicas van por buen camino.
Son los niveles más altos de optimismo registrados desde que comenzó la medición hace 17 años.
Más aún. Seis de cada diez mexicanos confían en el gobierno nacional de la presidenta Claudia Sheinbaum; casi siete de cada diez lo hacen en las Fuerzas Armadas; la confianza en las instituciones ha mejorado respecto a años anteriores y, aunque la percepción de corrupción sigue siendo elevada, no parece afectar la evaluación que la mayoría hace de su propia situación.
¿Cómo explicar semejante contradicción? Tal vez porque las familias comparan su presente con los años de inflación desbordada y hoy perciben estabilidad en los precios.
Tal vez porque los programas sociales amortiguan parte de la pérdida de ingresos. O quizá porque la economía cotidiana se mide menos con el PIB y más con la capacidad de llegar a fin de mes.
Pero también existe otra explicación, más inquietante. Las sociedades pueden acostumbrarse al bajo crecimiento. Pueden normalizar que la productividad no avance, que la inversión sea insuficiente, que los salarios crezcan poco y que la economía simplemente deje de despegar. Cuando eso ocurre, el estancamiento deja de verse como un problema para convertirse en paisaje.
Y ese es un gran riesgo, porque una economía puede sobrevivir varios años creciendo apenas un punto porcentual. Lo que no puede hacer indefinidamente es generar mejores empleos, elevar los ingresos y ofrecer oportunidades para las siguientes generaciones.
Los indicadores económicos ya prendieron los focos amarillos. La pregunta es si la sociedad los alcanzará a ver antes de que sea demasiado tarde.
