La mentira

Javier Sicilia

No conozco una definición más precisa del Estado que la que Nietzsche dio en  Así hablaba Zaratustra: “Estado se llama el más frío de los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que sale de su boca: ‘Yo soy el pueblo’”.

A lo largo de su historia el Estado ha dado prueba de ello. En México, sin embargo, esa frialdad adquirió la dimensión del cinismo con la llegada al poder de la autonombrada Cuarta Transformación. Aun cuando el viejo priismo unificó en la idea del Estado al gobierno, al partido y al pueblo, y gobernó a base de mentiras, miedo y violencia, nunca, hasta el ascenso de Morena, se atrevió a decir que el Estado, el partido en el poder y el pueblo son una sola y misma cosa.

Esa mentira que, como dice el propio Nietzsche, sólo creen “los supefluos”, “los demasiados” que el Estado “devora, masca y rumia”, ha llegado con la administración de Morena a grados demenciales al querer hacernos creer que el Rancho Izaguirre no era un campo de exterminio, sino de reclutamiento y, como en su momento lo hicieron el PRI y Enrique Peña Nieto con la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotinzapa, buscar reducir la violencia sistémica que padece el país desde hace 20 años, al esclarecimiento de lo sucedido en ese Rancho. 

Morena en el poder. Radicalización del discurso. Foto: Graciela Lópezobradorismos/Cuartoscuro

Contra los testimonio del pueblo, es decir, de las víctimas que lo descubrieron y junto con miles de fosas clandestinas han descubierto otros, de los testimonios de quienes lograron escapar del Rancho Izaguirre,  de las investigación académica y periodística que han puesto al denudo la realidad de esos campos y su relación con la violencia del país,  y de las declaraciones de uno de los muchos y posibles perpetradores –un tal José Gregorio el Lastra–, que afirma que en ese Rancho se reclutaba y mataba, el Estado, que dice encarnar al pueblo, lo niega y con ello lo traiciona y miente.    

Ningún Estado podrá jamás aceptar tener campos de exterminio. El mismo Estado nazi, que decía también encarnar al pueblo, ser la expresión del Volk, negó hasta al final que los tuviera. Los Lager, como lo mostró Giorio Agamben en Lo que queda de Auschwitz, no eran al principio, es decir hasta La Solución Final, propiamente campos de exterminio, sino de reclutamiento forzado para tener no sólo mano de obra esclava, sino también ejecutores a sus servicios. 

Hay que recordar las tareas que al respecto realizaban los llamados Sonderkommandos y las labores de control carcelario de los Kapos. Quienes no eran aptos para ninguna de esas labores –esclavitud, exterminio o control–, los llamados Muselmänner, eran, como en el Rancho Izaguirre, asesinados y desaparecidos.

Aun cuando el Estado mexicano se empeñe en negarlo, México tiene campos de exterminio de ese tipo al menos desde 2010 en que se descubrió el de San Fernando, Tamaulipas. No están fijos como lo estuvieron en la Alemania nazi; no concentran en ellos poblaciones muy grandes, ni utilizan, como en la última etapa del nazismo, una tecnología sofisticada para exterminar y desaparecer cuerpos.

Se encuentran dispersos como hongos a lo largo y ancho de los mil 973 millones de kilómetros cuadrados del territorio nacional, tienen una tecnología rudimentaria y brutal para exterminar y desaparecer cuerpos, y reclutan y asesinan según sus necesidades. Forman parte de todo un entramado de violencias sistémicas que, bajo el cobijo del Estado, va desde robos, secuestros, asesinatos, extorsiones, redes de trata, corrupción e impunidad.

Negarlo, como se ha hecho desde que Felipe Calderón y el PAN desataron el infierno, y empeñarse en hacerlo ahora bajo el relato idiota de que el Estado y Morena son el pueblo, lo único que muestra es no sólo la condición criminal del Estado, sino su monstruosidad, su cínica frialdad para mentir y destruir al pueblo en nombre del pueblo. 

El Estado mexicano no puede ya escapar a esa condición. Aun cuando la narrativa oficial y la velocidad de los medios hayan arrojado el asunto a un tercer plano, la dimensión de la violencia ha quedado expuesta en el fractal del exterminio del Rancho Izaguirre. 

San Fernando, Tamaulipas. El terror de los campos de exterminio en México. Foto: Semar/Cuartoscuro

La 4T y Sheinbaum podrán continuar mintiendo; podrá intentar controlar los daños con una retórica cada vez más estúpida y vacía, y buscar minimizar la realidad, pero los crímenes que a lo largo de casi 20 años ha permitido y ha ejercido en colaboración con organizaciones criminales, lo señalan ya a nivel mundial como un Estado que, como quedó expuesto en los Juicios de Núremberg en 1945, perpetra crímenes contra la humanidad y, como lo expresa la doctrina internacional de la Responsabilidad de proteger, formulada en 2005, es incapaz de defender a su pueblo de ellos. 

No es posible saber cuánto durará esta situación antes de que el Estado termine de devorarse a sí mismo y junto con él al país entero, o antes de que, impulsada por las partes sanas que aún quedan en el Estado, la comunidad internacional intervenga como es su deber desde que la ONU se creó y como lo exige la misma doctrina de la Responsabilidad de proteger.

Lo que sí es posible saber ya sin ninguna duda es que el Estado miente de manera abierta y sistemática, que es un monstruo frío, cínico y abyecto que destruye y cobija criminales, que está gravemente enfermo y cuya sobrecogedora presencia debemos resistir hasta que muera o sea sometido por el derecho. 

Sólo allí, donde el Estado y su mentira terminan, dice Nietzsche, “comienza el ser humano” y tal vez la posibilidad de refundar a la nación y edificar un verdadero y sano pacto social.            

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.

Con información de Proceso

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