El desastre del Estado

Hace mucho que México ya no tiene un Estado y, como la balsa de la “Medusa”, gira a la deriva mientras se asesina, se desaparece, se amenaza, se intimida y se somete bajo la irracional, larga y atroz lucha por su imposible control

Javier Sicilia

El Estado mexicano ha llegado a tal grado de descomposición moral y locura que es casi imposible definirlo. Términos como “Narco-Estado”, “Estado fallido”, “Estado criminal”, “Estado autoritario”, lejos de hacerlo sólo señalan su sobrecogedora ausencia; el Estado es o no es, y uno que, como el mexicano, ha abdicado de sus funciones fundamentales –proveer a sus ciudadanos de seguridad, justicia y paz– es cualquier cosa menos un Estado.

Pese a ello, esa cosa está allí causando los estragos propios de su inoperancia. A falta de un término para definirlo, encuentro una imagen: el naufragio que entre 1818 y 1819 Théodore Géricault plasmó en su célebre pintura Le Redeau de la Méduse (El naufragio de la Medusa). El cuadro retrata al puñado de hombres que, en 1816, sobre una balsa hecha apresuradamente con tablones, sobrevivieron al desastre de la fragata Medusa provocado por la ineptitud, la corrupción de su capitán y la impericia de la tripulación. Hacinados, devastados, enfermos, algunos muertos, los sobrevivientes de la Medusapitados por Géricault se debaten entre la muerte y la esperanza de ser salvados por el barco Argus –un pequeño punto casi imperceptible al fondo del cuadro– que casualmente los rescató.

El conmovedor dramatismo de la pintura de Géricault oculta, sin embargo, algo que los historiadores del acontecimiento revelaron: los 20 hombres que se sostienen unos a otros en el momento decisivo de la esperanza, no son sólo el resto de las 150 personas que subieron a la balsa, son los sobrevivientes de 13 días en los que sus ocupantes, presas de la locura y la degradación moral, se suicidaron, murieron de inanición o fueron asesinados o sometidos por los más fuertes, que se apoderaron de los víveres y cuando escasearon los mataron y se alimentaron con sus cuerpos.

El Estado mexicano se parece a esa balsa. Son los restos de una transición que encalló lejos de las costas de la democracia por la incompetencia y corrupción de quienes la dirigieron: una improvisada barcaza hecha con los pedazos de un Estado perdido que, semejante a la balsa de la Medusa, extravió rápidamente el rumbo y enloqueció a quienes van en ella. Hay, sin embargo, diferencias. La primera es de contexto: la locura y la degradación moral de los náufragos de la nave francesa fue consecuencia de las circunstancias extremas a las que la estupidez y la improvisación los arrojó; las nuestras, del empecinamiento en ellas. La segunda, es de escala: mientras la balsa de la Medusa llevaba 150 personas cuyo extravió costó la espantosa muerte de 130 seres humanos, la mexicana arrastra un país y sus costos son incalculables; se miden por miles de desaparecidos, cientos de cuerpos arrojados no al mar, sino a fosas clandestinas, más de medio millón de asesinados, un sinnúmero de actos de canibalismo (véase Para una teología política del crimen organizado de Claudio Lomnitz) y millones de seres humanos llenos de miedo y sometidos al poder arbitrario de los más fuertes.

Crisis por desapariciones. Ausencia del Estado — Fernando Carranza García/Cuartoscuro

Bajo esa deriva, el Estado carece de existencia; es, semejante a aquella infausta balsa, un mero contenedor de seres dominados por la indefensión y el miedo en espera de ser rescatados.

Hay quienes, presas del extravío creen que vendrá del resto de la tripulación que hizo posible el desastre y que una vez en posesión de la barcaza le dará el rumbo que no le dieron al Estado en su momento. Otros, semejantes a los tres hombres de la pintura de Géricault, que divisan el pequeño barco al fondo del horizonte y le hacen señas, lo miran en la Asamblea General de la ONU que el 8 de septiembre entrará en sesión y en algún momento de su larga y apretada agenda discutirá el informe sobre las desapariciones forzadas, una de las graves atrocidades que no dejan de suceder en la balsa mexicana. Piensan que, si la Asamblea responde al llamado y nos salva del naufragio, podremos reconstruir el Estado mediante procesos macro criminales.

Yo pertenezco a ellos, con la única salvedad de que veo la posibilidad tan remota y lejana como el barco de la pintura. Por un lado, la ONU no es el Argus; se ha vuelto una institución sometida a los intereses de sus Estados miembro, lo que reduce su capacidad de maniobra frente a los desastres generado por la locura y la degradación moral; acaso un duro señalamiento, una recomendación y un ofrecimiento de ayuda que dependerá de la voluntad de quienes se han apoderado del control interno de la balsa. Por el otro, la locura y la degradación moral han calado hondo y se han extendido como un contagio en la fragilidad de la barcaza. Poseídos por ellas, muchos de sus ocupantes sueñan que el Estado resurgirá de quienes un día lo hicieron encallar. Un delirio que, alimentando más el rencor, la improvisación y el odio, sólo llevará al país a un desastre absoluto.

Hace mucho que México ya no tiene un Estado y, como la balsa de la Medusa, gira a la deriva mientras se asesina, se desaparece, se amenaza, se intimida y se somete bajo la irracional, larga y atroz lucha por su imposible control. Nada augura un buen desenlace que no sea el del milagro que un día rescató a los náufragos de la horrible Medusa que, como la del mito griego, petrifica a quien osa mirarla.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.