Claudia Sheinbaum y el control de la narrativa

Alvaro Aragón Ayala

Existe una premisa recurrente en ciertos espacios de análisis que sostiene que la Cuarta Transformación habría perdido el control de la conversación pública, permitiendo que la oposición domine las plataformas digitales. Sin embargo, los datos de 2026 obligan a corregir esa lectura. Si bien es innegable la existencia de un desgaste natural en la imagen gubernamental y focos críticos en percepción sobre seguridad y corrupción, resulta desproporcionado asumir un colapso en la capacidad de conducción de la agenda nacional. La realidad política actual evidencia un escenario donde el aparato comunicacional de la Presidencia se ha transformado en lugar de desaparecer.

El indicador que refuta el diagnóstico de un supuesto colapso es la estabilidad en los niveles de legitimidad. La medición nacional de El Financiero de junio de 2026 situó la aprobación de Claudia Sheinbaum en un 68 por ciento, un margen que se mantiene constante frente a meses previos. Paralelamente, la encuesta de Pew Research Center registró un descenso en su favorabilidad -de 83 por ciento en 2025 a 64 por ciento en 2026-, reflejando un desgaste real. No obstante, ese mismo estudio confirma que Morena retiene un 61 por ciento de valoración positiva, superando con holgura a Movimiento Ciudadano (44 por ciento), al PAN (30 por ciento) y al PRI (26 por ciento). De lo anterior se desprende que el movimiento oficialista no se encuentra intacto, pero tampoco derrotado, sino experimentando un desgaste previsible dentro de una posición todavía dominante.

A esta solvencia en la opinión pública se suma el respaldo de la fuerza electoral e institucional obtenida en las urnas. La victoria presidencial de 2024, con más de 35.9 millones de votos (59.75 por ciento), configuró una concentración de poder que hoy se traduce en la mayoría calificada de la LXVI Legislatura, donde la coalición gobernante suma 364 de 500 diputaciones. La distinción entre opinión pública, fuerza electoral y poder institucional resulta fundamental, pues la fluctuación temporal en una encuesta no equivale automáticamente a la pérdida de la viabilidad política ni a la paralización del gobierno.

Más allá de los números, la verdadera transformación radica en el cambio de naturaleza del modelo de comunicación. Durante el sexenio anterior, la arquitectura ideada por el equipo de comunicación presidido por Jesús Ramírez Cuevas funcionó como un engranaje cotidiano de producción de agenda centrado en la figura presidencial. Lejos de ser un esquema improvisado, se trató de una estructura estratégica articulada. La permanencia de Ramírez Cuevas como coordinador de asesores en la actual administración confirma que la experiencia acumulada en la construcción de ese ecosistema no se ha desechado, sino que permanece en el núcleo decisorio para adaptar el modelo a un entorno técnico mucho más complejo.

La administración de Sheinbaum ha dejado de concebir la comunicación bajo el esquema bidimensional de “medios contra gobierno”, desplazando el enfoque hacia el impacto de los algoritmos, la inteligencia artificial y la circulación segmentada de información. Ante el avance de la desinformación digital, la Presidencia ha integrado mecanismos de verificación como el “Detector de Mentiras” para disputar activamente los relatos adversos. En consecuencia, el oficialismo no solo busca emitir su mensaje, sino detectar, confrontar y reencuadrar las narrativas competidoras en tiempo real.

Por su parte, aunque la oposición ha logrado dominar la producción de contenidos emocionales y de alto alcance en redes sociales, aún enfrenta una limitación estructural. La virilidad digital no se traduce de manera automática en hegemonía política si carece de una arquitectura integrada que conecte la atención con la organización territorial. Los adversarios operan de forma fragmentada entre diversos actores y Morena mantiene una estructura coordinada entre Presidencia, Congreso, gubernaturas y militancia.

Esta ventaja estratégica, sin embargo, no exime al Ejecutivo de vulnerabilidades reales. El incremento de la preocupación ciudadana en torno a la inseguridad -señalada por el 62 por ciento de la población como el principal problema en la medición de El Financiero- representa el terreno donde la efectividad del relato gubernamental encuentra su verdadero límite. La sofisticación del modelo Sheinbaum residirá en su capacidad para hacer coincidir la narrativa institucional con resultados tangibles en la experiencia cotidiana de la ciudadanía.

La evolución comunicacional de la 4T avanza hacia una fase dominada por el análisis de datos, la microsegmentación y la inteligencia artificial de cara a los procesos electorales de 2027. Aunque el monopolio absoluto sobre el debate público se ha reducido ante la fragmentación de las audiencias, la Presidencia conserva la capacidad rectora para marcar el rumbo de la conversación. La hipótesis más sólida no apunta a la pérdida del sistema comunicacional, sino a su paso hacia un modelo institucional, digital y defensivo, cuya eficacia dependerá de mantener la conducción de la agenda en un entorno donde ningún actor puede controlar por completo el significado de la realidad.