Castigar no siempre educa
Pablo Martínez*
Desde hace generaciones la disciplina ha ocupado un lugar central en la vida escolar, difícilmente alguien pondría en duda que toda comunidad educativa necesita normas para favorecer la convivencia, el respeto y el aprendizaje. Pienso que en este contexto es importante reflexionar en torno a la atención, el reporte, la suspensión o cualquier otra sanción que han sido considerados herramientas legítimas para corregir conductas y mantener el orden dentro de las aulas.
Desde el oficialismo se promueve con bombo y platillo el humanismo dentro de las aulas, quizás ha llegado el momento de volver a discutir la relación entre disciplina, castigo y aprendizaje; durante las últimas décadas, la educación ha transitado hacia modelos que privilegian la autonomía, el pensamiento crítico y la participación de las y los estudiantes; no obstante, algunas prácticas disciplinarias parecen responder todavía a concepciones centradas, principalmente, en la obediencia y la sanción.
Si hoy buscamos formar personas capaces de dialogar, tomar decisiones responsables y participar activamente en la vida democrática, vale la pena preguntarnos si la disciplina escolar debe limitarse al cumplimiento de normas o si también debería contribuir al desarrollo de esas capacidades.
Con frecuencia se asume que un o una estudiante con problemas de conducta necesita más castigos; es una idea profundamente arraigada en la cultura escolar y familiar, si incumple una regla, la sanción servirá para corregir el comportamiento. Sin embargo, diversas investigaciones recientes invitan a mirar este fenómeno con mayor detenimiento, los resultados muestran que las y los estudiantes que reciben más castigos también presentan mayores dificultades para aprender, mayores niveles de estrés y un mayor riesgo de reprobación.
Esto no significa que las normas deban desaparecer ni que toda sanción sea inadecuada; significa, simplemente, que el castigo por sí solo difícilmente resuelve las causas de aquello que pretende corregir. Quizá el problema radica en que, durante mucho tiempo confundimos disciplina con obediencia. Se consideró buen estudiante a quien permanecía en silencio, seguía instrucciones sin cuestionarlas y evitaba cometer faltas, ese modelo respondió a determinadas formas de entender la escuela y la autoridad, pero hoy convivimos con un discurso educativo que promueve algo distinto, estudiantes que analicen, argumenten, colaboren y participen activamente en la construcción de su aprendizaje.
Aquí aparece una tensión que merece ser discutida con detenimiento, la escuela aspira a formar personas capaces de analizar, dialogar y participar responsablemente en la vida social. Sin embargo, en algunos casos la respuesta predominante frente al incumplimiento de las normas continúa siendo el castigo, una práctica cuya contribución al aprendizaje merece seguir siendo objeto de reflexión. Tal vez la disciplina deba entenderse menos como un mecanismo para controlar conductas y más como un proceso formativo que permita a niñas, niños y adolescentes comprender el valor de la responsabilidad, el respeto y la convivencia.
Esto no implica renunciar a la autoridad docente ni eliminar las consecuencias cuando existen faltas graves, significa reconocer que educar va más allá de administrar sanciones; supone ayudar a comprender por qué existen las normas y cómo éstas hacen posible la vida en comunidad. Después de todo, la finalidad de la escuela no consiste únicamente en evitar que los estudiantes rompan las reglas, su misión es formar personas capaces de actuar con autonomía, asumir las consecuencias de sus decisiones y convivir con los demás desde el respeto.
Quizá esa sea la diferencia entre una disciplina que busca simplemente obediencia y otra que realmente contribuye al aprendizaje. Más que ofrecer respuestas definitivas, esta reflexión pretende abrir una conversación necesaria. Porque si la educación ha cambiado sus propósitos, también vale la pena preguntarnos si nuestras formas de entender la disciplina han cambiado al mismo ritmo.
*Profesor
