Las familias sostienen al país: ¿quién las sostiene a ellas?
¿Cómo puede una familia sostener vínculos afectivos estables cuando vive bajo presión económica permanente? ¿Cómo puede una madre acompañar emocionalmente a sus hijos cuando ella misma enfrenta agotamiento extremo?
Priscilla de Anda*
En México hablamos constantemente de pobreza, desigualdad, violencia, productividad y crecimiento económico. Pero rara vez hacemos una pregunta fundamental: ¿quién sostiene hoy a las familias que intentan cuidar?
La pregunta importa más de lo que parece. Porque detrás de muchos de los grandes desafíos sociales del país existen millones de madres, padres y personas cuidadoras intentando criar en medio de estrés económico, incertidumbre y precariedad cotidiana.
Y, sin embargo, seguimos diseñando políticas públicas como si el cuidado ocurriera de manera natural.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de participar en el Expert Group Meeting de Naciones Unidas sobre familias, desigualdad y bienestar infantil. Entre los distintos debates hubo un consenso constante: las condiciones en las que viven las familias impactan directamente en el desarrollo y bienestar de niñas y niños. Y México tiene enormes alertas en esta conversación.
De acuerdo con UNICEF, casi la mitad de las niñas y niños en primera infancia vive en situación de pobreza. Además, son el grupo etario con menor acceso a la seguridad social. Las brechas también son profundamente territoriales: mientras en el noroeste del país la pobreza infantil ronda el 24 %, en el sureste supera el 62 %.
Las desigualdades comienzan extremadamente temprano. Y no hablamos únicamente de ingreso. Hablamos de acceso desigual a nutrición, salud, aprendizaje temprano, espacios seguros, conectividad, acompañamiento emocional y condiciones mínimas para ejercer la crianza.
Hoy sabemos que los primeros años de vida son determinantes para el desarrollo cerebral, emocional y social. La evidencia científica también confirma algo muy importante: las relaciones afectivas, sensibles y estables son uno de los principales factores protectores para el desarrollo infantil. Pero pocas veces hablamos de las condiciones en las que ocurre ese cuidado.
El desarrollo infantil no ocurre en fragmentos
¿Cómo puede una familia sostener vínculos afectivos estables cuando vive bajo presión económica permanente? ¿Cómo puede una madre acompañar emocionalmente a sus hijos cuando ella misma enfrenta agotamiento extremo? ¿Cómo construimos entornos protectores cuando el estrés y la incertidumbre forman parte de la vida cotidiana?
La infancia no ocurre en aislamiento. Ocurre dentro de sistemas familiares y comunitarios. Sin embargo, muchas políticas públicas siguen abordando la primera infancia de manera fragmentada. El problema es que el desarrollo infantil no ocurre en fragmentos.
En México, además, los datos muestran señales preocupantes. UNICEF ha señalado que el 42 % de niñas, niños y adolescentes carece de acceso efectivo a servicios de salud. Solo uno de cada diez niños de 0 a 5 años asiste a algún centro de atención o educación inicial. Y 6 de cada 10 niñas y niños de entre 1 y 14 años han experimentado métodos de disciplina violenta dentro de sus hogares.
Detrás de muchas de estas cifras existe un elemento común: familias profundamente sobrecargadas y sistemas públicos insuficientes para acompañarlas.
Durante el encuentro en Naciones Unidas también se discutió ampliamente cómo el estrés familiar, la salud mental y el aislamiento social están impactando directamente el bienestar infantil a nivel global.
Y quizás ahí México tiene una conversación pendiente. Hemos normalizado que millones de familias enfrenten prácticamente solas la responsabilidad de cuidar, alimentar, estimular y proteger a niñas y niños en contextos profundamente adversos. Particularmente las mujeres, sobre quienes sigue recayendo de manera desproporcionada gran parte del trabajo de cuidado.
Pero cuidar también requiere infraestructura social. Requiere servicios de salud accesibles, atención a salud mental, educación inicial de calidad, redes comunitarias, políticas de protección social y sistemas públicos que entiendan que el bienestar infantil depende directamente de la capacidad de las familias para sostener el cuidado cotidiano.
Las políticas públicas suelen llegar tarde
La evidencia internacional presentada en Naciones Unidas insistió en algo fundamental: los mejores resultados para niñas y niños ocurren cuando existen estrategias integrales centradas en las familias, capaces de articular salud, nutrición, aprendizaje temprano, protección y fortalecimiento de capacidades parentales.
Es decir: cuando el cuidado deja de verse como responsabilidad individual y empieza a entenderse como una responsabilidad colectiva.
Desde el territorio, esta realidad es imposible de ignorar. En comunidades de alta vulnerabilidad, el desarrollo infantil depende muchas veces de factores como la estabilidad emocional de quienes cuidan, las redes comunitarias disponibles o la posibilidad de contar con acompañamiento constante.
Ahí es donde las políticas públicas suelen llegar tarde o de manera fragmentada. Y quizás ese sea uno de los mayores desafíos que enfrenta México: seguimos esperando que las familias resuelvan solas aquello que debería sostenerse colectivamente.
Invertir en primera infancia no puede limitarse a programas focalizados para niñas y niños. También implica invertir en las condiciones que permitan a las familias cuidar mejor. Porque al final, el bienestar infantil no se construye únicamente desde la infancia. Se construye dentro de las condiciones en las que viven las familias.
Si las familias sostienen el presente y el futuro de nuestros niños y niñas, ¿cuándo vamos a empezar a construir políticas públicas que también las sostengan a ellas? ♦
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*Priscilla de Anda es directora general de Un Kilo de Ayuda.
