Jóvenes en México 2026 ante el observatorio iberoamericano

Ulises Lara López

En México, cuatro de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años no se encuentran en ninguno de los espacios que tradicionalmente ofrecían pertenencia, apoyo y horizontes, la familia, la escuela, el empleo, la pareja o el círculo de amigos. Esa cifra, extraída de la encuesta Jóvenes en México 2026 del Observatorio de la Juventud en Iberoamérica y Fundación SM, no describe un simple malestar individual. Describe un proceso de desafiliación colectiva que avanza de manera silenciosa y que debería alarmar a cualquier sociedad que pretenda seguir llamándose viable.

La familia sigue siendo la institución mejor valorada. Los jóvenes la califican alto porque, a diferencia del resto, los sostiene de forma casi incondicional, financia estudios, escucha decisiones importantes y funciona como refugio cuando todo lo demás falla. Sin embargo, esa dependencia es contradictoria. Cuatro de cada diez afirman que su familia no los entiende o que no tienen con quién hablar de sus problemas. Los temas afectivos y sexuales continúan siendo tabú. En un país donde la juventud declara abiertamente que “no le va bien en el amor”, la comunicación más íntima brilla por su ausencia. La idealización de la familia convive con grietas profundas que no se resuelven solo con buena voluntad.

La escuela ofrece un panorama contradictorio. Los jóvenes aprueban a profesores, contenidos e instalaciones, y la mayoría aspira a la licenciatura. Pero el 43 por ciento reconoce que lo que les enseñan no les interesa. El abandono escolar se justifica con un “ya no me gustaba estudiar”, la promesa de que más educación traerá mejor empleo se diluye en la realidad. La institución educa, pero no conecta. El trabajo, por su parte, ofrece precariedad disfrazada de normalidad, salarios de uno o dos mínimos, actividades rutinarias, pocas prestaciones y nula estabilidad. Aun así, muchos dicen que “les gusta el ambiente”. Lo consideran temporal mientras esperan un empleo ideal que, en las condiciones actuales, parece habitar en otra galaxia.

Esta desvinculación no es neutral. Se traduce en ansiedad 39 por ciento, soledad pese a tener amigos, 31 por ciento y la sensación de no tener a nadie con quien hablar 41 por ciento. Afecta de manera particular a mujeres de clases medias y populares entre 25 y 29 años. Mientras tanto, 4.5 millones de jóvenes no estudian ni trabajan, y otros 9.2 millones de los que sí laboran lo hacen en la informalidad. La desigualdad de género se profundiza: a esa edad, casi 40 por ciento de las mujeres se encuentran fuera de la escuela y del empleo remunerado, frente a apenas 11 por ciento de los hombres, atrapadas por responsabilidades de cuidado que nadie discute con seriedad.

La cultura digital y la participación política revelan la misma tensión. Las redes son espacios de identidad, emoción y denuncia, pero también de consumo pasivo, validación constante y dependencia. Los jóvenes se declaran críticos de los algoritmos y la publicidad, pero sus prácticas sugieren lo contrario. En política, el desencanto institucional es profundo, perciben a los partidos y al Estado como distantes, ineficaces y corruptos. Sin embargo, mantienen orgullo por el país y valores como la justicia y la igualdad. No están apáticos; se repolitizan en otros códigos, empatía, activismo digital, voluntariado. La política se vive como experiencia, no como estructura. El problema es que la distancia entre la intención y la acción sostenida sigue siendo grande.

El medioambiente y el uso del tiempo completan el retrato. Hay conocimiento sobre las crisis ecológicas, pero poca transformación de hábitos de consumo. El tiempo libre se reduce a formas solitarias de ocio, redes, música, series, porque el estudio o el trabajo, más los traslados y las tareas domésticas, dejan poco margen. Y los roles de género en el hogar apenas se han movido, las jóvenes siguen aprendiendo las mismas dinámicas de cuidado que limitan sus oportunidades.

Hablar de desafiliación no es victimizar a una generación. Es reconocer que las instituciones no se han transformado al ritmo de las nuevas subjetividades. La escuela sigue ofreciendo contenidos que no dialogan con el mundo laboral real. El mercado de trabajo ofrece precariedad como única puerta de entrada. La política institucional no genera confianza. La familia sostiene, pero no siempre escucha. Y la sociedad tiende a culpar a los jóvenes de su propio desenganche, como si se tratara de una falla de carácter y no de un fracaso colectivo.

Ignorar este proceso tiene un costo. Una juventud que no se halla en ningún lugar es una juventud más vulnerable a la frustración, a la ira y a la desesperanza. Es también una generación que, si encuentra cauces reales de reconocimiento y oportunidad, puede convertirse en el motor de las transformaciones que el país necesita. Las políticas públicas no pueden limitarse a programas asistenciales. Deben reconstruir puentes con educación que tenga sentido, empleo digno y con seguridad social, espacios de escucha afectiva, alfabetización digital crítica y redistribución real de los cuidados.

Los datos de 2026 no describen una juventud rota. Describen un país que ha dejado de ofrecer pertenencia a una parte sustancial de su población más joven. La desafiliación no es un destino. Es una advertencia. Y todavía estamos a tiempo de escucharla.