El paisaje después de la batalla. La derrota del poder mediático en México

Epigmenio Ibarra 

¿Por qué y pese a su enorme influencia ha fracasado el poder mediático tan estrepitosamente? ¿Por qué las grandes figuras de los medios no han podido ni con Andrés Manuel ni con Claudia?

Ni un solo día de tregua, desde hace por lo menos dos décadas, ha concedido el poder mediático al proyecto político qué, pese a todo y en elecciones libres, limpias y auténticas, como lo establece la Constitución, logró llevar a la presidencia de la República a Andrés Manuel López Obrador en el 2018 y a Claudia Sheinbaum Pardo en el 2024.

Ni siquiera la victoria -de ninguno de los dos- supuso un cese temporal de las hostilidades; al contrario. El colapso de la oposición política (derrotada, en dos ocasiones sucesivas, a todo lo ancho y largo del país) provocó que la mayoría de las y los más influyentes líderes de opinión se sintieran llamados a ocupar el lugar que debería corresponder a los partidos políticos y a sus dirigencias.

Confiados en la “fuerza de su voz”, en su “prestigio histórico” y liberados de compromisos parlamentarios creyeron que podrían imponer, elevando aún más el tono de sus diatribas, su poder de veto y frenar así el avance del proceso de transformación del país.

Envalentonados y soberbios se sintieron capaces de revertir la victoria electoral y se empeñaron en hacer fracasar los grandes proyectos de infraestructura de López Obrador. Fueron más allá; intentaron incluso defenestrarlo. 

Llegado el proceso electoral, la mayoría de los medios de comunicación y en ellos quienes monopolizan los espacios de noticias y opinión más importantes tomaron partido por la candidata opositora. Fracasaron de nuevo.

Paradójicamente, con la virulencia y masividad creciente de sus ataques no lograron sino fortalecerlo.

Ningún otro presidente en la historia reciente había sido sometido a una ofensiva de desgaste tan prolongada y agresiva por parte del poder mediático. Nunca habían gozado tampoco, las y los líderes de opinión qué, solían ser tan sumisos frente al poder político, de tanta libertad. Lo único que, frente al alud de mentiras, calumnias e insultos, hizo López Obrador fue romper con la odiosa corrección política habitual en el viejo régimen. Dejó el presidente de guardar silencio en público ante los agravios y ordenar en privado represalias contra la o el responsable de los mismos y se dedicó a ejercer en la mañanera el derecho de réplica. Fortalecida resultó la democracia por esta saludable y necesaria confrontación.

Llegado el proceso electoral, la mayoría de los medios de comunicación y en ellos quienes monopolizan los espacios de noticias y opinión más importantes tomaron partido por la candidata opositora. Fracasaron de nuevo: no pudieron frenar a Claudia quien obtuvo una victoria aún más contundente que la de López Obrador.

Tampoco a la PresidentA le han concedido tregua. Si bien no la insultan tan abierta y soezmente como hacían con Andres Manuel, no han cesado de atacarla. De la condescendencia inicial -preñada de misoginia- con la que la trataban para, según ellos provocar una ruptura con López Obrador, pasaron conforme avanzó la aprobación de la reforma judicial, a las acusaciones de autoritarismo y después a las de colusión con el crimen organizado. Los inéditos y crecientes índices de aprobación de Claudia Sheinbaum, más altos incluso que los alcanzados por López Obrador, dan testimonio de la nueva derrota sufrida por el poder mediático. 

Se repite el fenómeno; mientras más la atacan, más crece .

¿Por qué y pese a su enorme influencia ha fracasado el poder mediático tan estrepitosamente? ¿Por qué las grandes figuras de los medios no han podido ni con Andrés Manuel ni con Claudia?

Porque mienten descaradamente, porque escriben y hablan desde la rabia y el resentimiento por los privilegios perdidos, porque desprecian profundamente a quienes les leen, les escuchan, les ven en la televisión y, por último, porque han hecho de la infamia y la vileza su método de trabajo y tanto que ya no se advierte la diferencia entre ellas y ellos y los bots con los que la derecha satura las redes.

Conservan el rating, es cierto, pero han perdido casi por completo su credibilidad. La gente los asocia -y con razón- con el viejo régimen contra el cual se alzó en las urnas. Les recuerda sirviendo hasta la obsecuencia a los corruptos que nos gobernaron; callando ante sus crímenes, cubriéndoles de alabanzas, avalando los fraudes electorales y lanzándose como perros de presa contra esos a los que el gobierno señalaba como un “peligro para México”.

En este país, es preciso recordarlo, hemos sufrido uno de los regímenes más corruptos, autoritarios y longevos de la historia moderna. La permanencia en el poder del PRI y el PAN no podría explicarse sin el concurso y la complicidad del poder mediático. Con miles de millones de pesos al año, unos considerados abiertamente en el presupuesto público y otros entregados por debajo de la mesa, pagó el viejo régimen la lealtad incondicional de los medios y de las y los líderes de opinión. Pervirtió esta plata la labor informativa. En un país de reporteros pobres que se juegan la vida a cada paso, comenzaron a destacar una minoría de presentadores de radio y TV, columnistas e intelectuales multimillonarios e incapaces de pisar las calles.

Conservan el rating, es cierto, pero han perdido casi por completo su credibilidad. La gente los asocia -y con razón- con el viejo régimen contra el cual se alzó en las urnas

Así como los concesionarios, que en un principio obedecían sin chistar al poder, comenzaron a mandar sobre los gobernantes e incluso a inventarlos e imponerlos; las grandes figuras de los medios crecieron tanto que comenzaron a mandar sobre sus patrones y a sentirse parte de la élite gobernante. Nunca imaginaron -ni unos ni otros- que una combinación tan perfecta, que operó tantas décadas, pudiera dejar de funcionar. El poder político cooptaba o reprimía, el poder mediático amansaba a la población y su estructura monopólica cerraba el paso a las ideas de cambio.

Y vino entonces, tras largos años de lucha, la revolución de las conciencias. Sin dejar de escuchar la radio ni de ver la televisión -pero sin creerles ya ciegamente- las mayorías comenzaron a pensar en que el cambio era posible y a considerarse capaces de conquistarlo con sus votos. Las redes, a las que hoy la derecha ha quitado lo benditas, operaron para liberarnos de las cadenas de radio, Tv y prensa y con los votos nos liberamos de las cadenas del viejo régimen.

No fueron ni los errores de ese régimen, ni el hartazgo y menos la ignorancia de las masas los que condujeron al colapso de un sistema. También en eso se equivocan las y los “más influyentes” líderes de opinión. Contra el viejo régimen y también contra la hegemonía del poder mediático se alzó una mayoría amplia, plural, consciente que protagonizó una insurrección pacífica, democrática y que se produce en libertad, única en la historia.

Sin los privilegios excesivos e indebidos de los que gozaba, pero sin las presiones inadmisibles en la democracia a las que se veía sometido; el poder mediático y las y los líderes de opinión tienen hoy la posibilidad de reinventarse.

Derrotado en buena lid; sin los privilegios excesivos e indebidos de los que gozaba, pero sin las presiones inadmisibles en la democracia a las que se veía sometido; el poder mediático y las y los líderes de opinión tienen hoy la posibilidad de reinventarse. Deben antes por fuerza dejar de fingirse víctimas; aquí nadie los reprime, ni los censura, ni intenta comprarlos; y reconocer más bien que estaban del lado de los victimarios. Deben también dejar de intentar apropiarse de causas justas a las que -al servicio del viejo régimen- se opusieron y deben por último dejar de mentirse y de mentir al pueblo de México.Así, a mi juicio, el paisaje después de esta batalla donde ha resultado derrotado -¿quién lo hubiera imaginado?- el poder mediático en México.