El ruido: deuda con la salud pública

Gabriela Salido

Hay agresiones en la ciudad que dejan huellas visibles sobre el pavimento. Otras no. Una de ellas nos acompaña las veinticuatro horas del día y casi hemos aprendido a ignorarla como un mecanismo de pura supervivencia.

Por ejemplo, el claxon que alguien deja presionado durante 20 segundos porque el semáforo tardó demasiado en cambiar; la motocicleta con el escape modificado que despierta a toda una colonia de madrugada; la bocina que truena hasta el amanecer; el perifoneo que convierte cualquier callejón en un anuncio permanente.

Nos hemos acostumbrado tanto al ruido que dejamos de preguntarnos si una ciudad verdaderamente debería sonar así.

No es un asunto menor. La Ciudad de México figura desde hace años entre las urbes con mayores niveles de contaminación acústica del planeta. En las avenidas principales, los niveles de ruido superan habitualmente los 85 decibeles, una cifra que rebasa ampliamente los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud, que establece 53 decibeles durante el día y 45 por la noche para proteger la salud mental y física.

Sin embargo, el problema de fondo no empieza en los aparatos de medición. Empieza mucho antes. Arranca en el momento exacto en que creemos que hacer ruido es un derecho absoluto y que guardar silencio es una obligación de los demás.

Hay algo profundamente egoísta en esa lógica. Quien toca el claxon por frustración, acelera el motor para llamar la atención o sube el volumen de su fiesta sin importar la hora, no está únicamente produciendo ondas sonoras; está invadiendo un espacio que también le pertenece al de junto. Está decidiendo, de forma unilateral, por cientos de personas a la redonda cuándo dormir, cuándo concentrarse o cuándo simplemente descansar. Es el volumen utilizado como una herramienta de autoridad y prepotencia.

Quizá por eso el ruido habla tanto de la sociedad que hemos construido: una ciudad donde todos intentan imponerse a gritos termina siendo una ciudad donde nadie es capaz de escuchar.

Las cifras confirman que no estamos ante exageraciones vecinales. Datos del C5 muestran que alrededor del 83% de los reportes nocturnos por “escándalo” tienen su origen en fiestas particulares y música a alto volumen. Por su parte, la PAOT recibe cada año miles de denuncias por contaminación acústica, un rubro que en lo que va de 2026 representa más del 15% de todas las quejas que llegan a la institución. Aun así, el sistema insiste en tratar el tema como si fuera una simple e inevitable rencilla entre vecinos.

No lo es. La ciencia lleva años documentando que la exposición constante al ruido detona el estrés crónico, altera el sistema nervioso y eleva el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Vivimos más tensos porque, a diferencia de los ojos, los oídos no tienen párpados; no podemos cerrarlos a voluntad. La contaminación acústica es la agresión más invasiva porque entra a tu hogar sin pedir permiso.

Lo más irónico es que los reglamentos existen y las autoridades tienen dientes legales para sancionar. Lo que falta es la voluntad de aplicarlos. La impunidad también hace ruido y envía un mensaje peligroso: mientras nadie castigue el exceso, cualquiera puede apropiarse de la tranquilidad ajena.

El ruido dejó de ser un problema técnico; es un síntoma de descomposición comunitaria. Vivir en sociedad implica renunciar, de vez en cuando, al privilegio de hacernos escuchar. Porque el silencio no es el vacío; es la forma más escasa de respeto que nos queda.

Especialista en temas de Planeación y Desarrollo