Congreso Nacional Indígena, 30 años

Luis Hernández Navarro

El 11 de octubre de 1996, la comandante Ramona llegó, desde la Selva Lacandona, a la reunión fundacional del Congreso Nacional Indígena (CNI) en el auditorio de la Unidad de Congresos del Centro Médico de la Ciudad de México. La esperaban, emocionados y combativos, 600 delegados de decenas de pueblos originarios del país.

Después de múltiples peripecias, la tejedora viajó muy delicada de salud. 

El gobierno federal se negaba a que los zapatistas salieran de Chiapas, y –peor aún– a que lo hicieran con pasamontañas. Inclusive, algunos voceros del presidente Ernesto Zedillo sugirieron realizar acciones militares disuasivas contra los insurgentes si se empecinaban en trasladarse fuera de la entidad, y otros amagaron con arrestar a quien se atreviera a poner un pie en la frontera con Oaxaca o Tabasco.

Al llegar al evento del CNI, Ramona, representante del EZLN, fue recibida en el presidium con un ramo de rosas rojas por una comitiva de honor, nombrada en asamblea, integrada por 22 gobernadores y principales purépechas, wixaritari, hñahñú, ñuú savi, nahuas y tutunakuj. Se quemó copal en los cuatro puntos cardinales y se rindieron honores a la Bandera y el Himno Nacional. 

La artesana le entregó al mayor jaramillista Félix Serdán (a quien los zapatistas le reconocieron honorariamente su grado) la Bandera Nacional que traía con ella como un preciado tesoro desde las montañas del Sureste. “Esto –dijo entonces la heroica combatiente– es para que nunca olvidemos que nuestra patria es México y para que todos escuchen que nunca habrá un México sin nosotros”. 

En la declaración política con la que el CNI clausuró sus trabajos, la red llamó a construir una patria nueva, “esa patria que nunca ha podido serlo verdaderamente, porque quiso existir sin nosotros”.

Y advirtió: “Estamos levantados, andamos en pie de lucha. Venimos decididos a todo, hasta a la muerte. Pero no traemos tambores de guerra, sino banderas de paz. Queremos hermanarnos con todos los hombres y mujeres que, al reconocernos, reconocen su propia raíz.

“No cederemos nuestra autonomía. Al defenderla, defenderemos la de todos los barrios, todos los pueblos, todos los grupos y comunidades que quieren también, como nosotros, la libertad de decidir su propio destino y, con ellos, haremos el país que no ha podido alcanzar su grandeza. El país que un pequeño grupo voraz sigue hundiendo en la ignominia, la miseria y la violencia”.

Un día después, el 12 de octubre, encabezadas por la comandante, miles de personas marcharon por Paseo de la Reforma hasta el Zócalo. Una de las consignas más celebradas fue: “¿No que no? Sí que sí. ¡Ramona ya está aquí!”

Ya en la plaza, la vocera rebelde dijo: “Hoy hemos venido hasta aquí, hasta el centro de este país que se llama México, para decirle a todos los mexicanos y mexicanas unas cuantas palabras que tenemos nosotros los zapatistas. De por sí es muy pequeña nuestra palabra de los zapatistas, pero su paso es muy grande y camina muy lejos y se entra en muchos corazones. Llegamos hasta aquí para gritar, junto con todos, los ya no, que nunca más un México sin nosotros. Eso queremos, un México donde todos tengamos un lugar digno”. Y llamó a un gran diálogo nacional. Ese mismo día, 3 mil almas ocuparon las calles de Roma, Italia, en apoyo al EZLN, Cuba y el pueblo kurdo.

El CNI expresó el surgimiento de nuevo movimiento, producto de la convergencia del zapatismo con una amplia constelación de organizaciones y grupos que venían luchando desde antes de 1994 por el reconocimiento de derechos para los pueblos originarios. Los Diálogos de San Andrés, firmados el 16 de febrero de 1996, y el Foro Nacional Indígena realizado en San Cristóbal del 3 al 8 de enero de 1996, fueron el punto de arranque en la construcción de esta red nacional.

En ellos, se encontraron liderazgos provenientes de la lucha agraria con otros de la movilización etnopolítica y, algunos más, de la reivindicación económico-productiva. Tenían en común su independencia del Estado y de los partidos políticos. Eran parte de una camada de dirigentes indígenas formados en la década de los 80 y la primera mitad de los 90 (originalmente con identidades predominantemente agrarias y campesinas) y que emergieron a la luz pública, a raíz de la insurrección zapatista, al lado de autoridades comunitarias tradicionales, reivindicándose como indígenas. 

Pusieron en el centro el reconocimiento de sus pueblos y una nueva relación con el Estado.

La naturaleza profunda de ese encuentro (que pervive hasta nuestros días) fue expresada con toda claridad por el maestro purépecha Juan Chávez en el discurso inaugural de la segunda asamblea del CNI: “el EZLN y el CNI –señaló– somos ya una sola fuerza nacional. La palabra armada que se hace escuchar desde enero del 94 es por nosotros aceptada, defendida y respetada, en razón histórica del supremo derecho de los pueblos a la rebeldía. El EZLN enarbola hoy las demandas que por siglos nuestros pueblos han visto negadas por los gobiernos. El CNI hace suyas estas demandas…”

Muchas cosas han cambiado para los pueblos originarios en los últimos 30 años. Se ha legislado en su nombre sin reconocer su derecho al territorio y a la representación política directa. El crimen organizado y las mineras acechan sus territorios en un nivel no visto antes. Para sobrevivir, millones de ellos trabajan como jornaleros en campos agrícolas en los que son sometidos a una explotación salvaje. Actores políticos se han apropiado de su cultura y la han convertido en un espectáculo new age para buscar legitimidad. El Legislativo se ha llenado de representantes postizos que hablan a nombre de ellos.

Pero, con todo, la resistencia se mantiene y su reconstitución como pueblos avanza. A pesar del tiempo transcurrido desde su nacimiento, el pacto fundacional que dio vida al CNI se mantiene y alimenta su vocación emancipadora. Tres décadas después de pronunciadas, las palabras de la comandante Ramona en el Centro Médico y el Zócalo siguen retumbando en todos los rincones del país.