Punto crítico

José Blanco

Parece llegado el momento: el gobierno de la 4T debe mirar, con la más profunda atención, el problema del bajo crecimiento del país; transitamos a tasas insuficientes desde el inicio del presente siglo, con una tendencia a la baja persistente. Los críticos miran ese bajo crecimiento sin considerar el rumbo del mundo. Con datos del FMI, en 2015-2019 el planeta, excluyendo Asia emergente, creció apenas al 1.8 por ciento anual. 

La economía de Estados Unidos es determinante en ese resultado. Este país tuvo un crecimiento reciente de excepción, producto de un gasto público excepcional basado en un endeudamiento también excepcional, pero ya vuelve a su curso de estancamiento de largo plazo. Occidente no ha resuelto su desafío fundamental de largo plazo: el lento avance de la productividad general. No es claro que la IA pueda resolverlo. México ha vivido por necesidad inmerso en esa tendencia global. Sin poder sustraerse a esa fuerza inmensa, puede cambiar los fundamentos de su crecimiento. 

La dependencia estructural de México respecto a Estados Unidos es historia antigua y presente desmesurado. No existe otro país grande con una depedencia tan intensa. La correlación entre los ciclos económicos de México y Estados Unidos es cercana a 1 (0.83) en las últimas décadas. Esa dependencia comenzó a forjarse cuando el país no había salido de la debilidad extrema que le dejó la colonia, la larga guerra sangrienta del siglo XIX y la guerra más sangrienta de la Revolución Mexicana. 

Y se forjó respecto del mayor poder que haya existido en la historia humana. En esa condición, el patrón de desarrollo histórico de México es resultado mucho menos de decisiones internas autónomas que de la determinación estructural internacional. No hay detrás de esa determinación histórica, al menos durante los últimos 75 años, la voluntad de una fuerza omnipotente: resulta del libre actuar de una miríada de poderosas empresas multinacionales, principalmente de Estados Unidos. 

Nos hallamos en un punto crítico. Si las cosas siguen como van, en un plazo difícil de determinar, pero cercano e inexorable, la 4T no podrá continuar ampliando su política de justicia social, ni su divisa fundamental: por el bien de todos, primero los pobres. El Plan México parece insuficiente. Conforme los límites se traduzcan en escasez de realizaciones, la circunstancia política puede empezar a menguar la legitimidad de la 4T y a fortalecer gradualmente a una oposición aún no visible en el horizonte actual; así sucedió con los gobiernos progresistas latinoamericanos de la segunda ola. 

Fueron gobiernos menos radicales que los de la primera ola, y de sólo un ciclo (Lula puede ser la excepción). El punto crítico comprende problemas de gran complejidad. Son necesarias reformas que construyan fuentes internas de crecimiento, que superen o mitiguen la dependencia estructural respecto a Estados Unidos. Es necesaria una economía autosuficiente en términos de bienes de consumo básico y cada vez más fuerte en la producción de bienes de producción. Un proyecto así exige enormes recursos y la colaboración coordinada del capital mexicano (industrial, comercial y bancario). Es indispensable una reforma fiscal. 

No tiene que realizarla necesariamente el gobierno de Claudia Sheinbaum, pero puede iniciarla. El reto central es consensuarla con el capital mexicano y el extranjero que quiera continuar residiendo en México, mediante un proyecto de futuro brillante para todos. Según la Cepal, la carga fiscal en México es de un paupérrimo 18.3 por ciento del PIB en 2025. No podemos aspirar al nivel de Dinamarca (45.2 por ciento del PIB), pero podríamos aspirar al promedio de la OCDE, institución a la que pertenecemos: 34.1 por ciento del PIB. 

La carga en Brasil es muy cercana: 33.7 por ciento. La construcción de fuentes internas de crecimiento es imposible sin la participación activa de la banca. Es necesario movilizar ingentes montos de capital de riesgo. En 2026 hay 53 instituciones de banca múltiple y seis sociedades nacionales de crédito (banca de desarrollo). La mayoría de las instituciones son mexicanas, pero el sistema bancario está bajo control del capital extranjero, que representa 60 por ciento de los activos del sistema. 

En América Latina ese control es nacional; México es un desdichado caso único. El 80 por ciento de la banca extranjera en México está en manos de cuatro bancos: los españoles BBVA y Santander, y los anglosajones Citibank y Scotiabank. Esa catástrofe se debe a la crisis financiera salinista, incluido el “error de diciembre”. Los bancos mexicanos habían caído en cartera vencida y en la pérdida de su capital. 

El gobierno priísta cambió las reglas y permitió la entrada de capital foráneo al sistema bancario. Grandes corporaciones financieras internacionales se adueñaron de las instituciones locales. Banca extranjera y Fobaproa + deuda de Pemex, deben ser puestos sobre la mesa. Desde el punto de vista de la vida futura de los mexicanos, esa deuda es impagable. No podemos seguir entregando el fruto del trabajo de millones de mexicanos, al vacío de colmar las bolsas insaciables de los bancos.