Los migrantes lloran por su México ensangrentado

Juan Hernández

Tras el asesinato del alcalde de Uruapan y las elecciones en Estados Unidos, la comunidad migrante expresa dolor, miedo y decepción ante la violencia que no cesa en México.

Esta semana, mientras en Estados Unidos se celebraban elecciones locales —y Nueva York sorprendía al mundo con la victoria del joven Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes y símbolo de apertura política—, en México las balas apagaban otra vida pública: la del alcalde de Uruapan, Michoacán. Dos realidades que se cruzaron en las conversaciones de los migrantes: un país donde se vota y otro donde se mata.

En redes y llamadas familiares, los comentarios se repiten: orgullo por el dinamismo político del norte, tristeza por la sangre derramada en casa. “Allá cambian las cosas con votos; acá las cambian con balas,” escribió un michoacano en Chicago. “Nos da gusto ver que un hijo de migrantes llega tan lejos… y al mismo tiempo duele saber que en nuestro pueblo ni los alcaldes sobreviven.”

El alcalde de Uruapan cayó abatido en medio del Festival de las Velas. La plaza estaba llena de familias, de turistas, de música… hasta que las ráfagas rompieron la noche. El crimen no solo estremeció a su pueblo: también a miles de michoacanos que viven fuera, que desde Chicago, Dallas o Los Ángeles sintieron que la herida de su tierra volvió a abrirse.

Algunos, mientras preparaban su viaje para pasar Navidad con los suyos, escribieron en redes: “¿Y si mejor no vamos este año? Allá ya ni los alcaldes están seguros.” Lo decían con miedo, pero también con una tristeza resignada, esa que mezcla el amor a la patria con la impotencia de verla perderse entre balas y promesas vacías.

Michoacán ha sido, por décadas, una de las tierras que más hijos ha mandado al norte. Los que se fueron siguen enviando remesas, recuerdos y esperanza. Pero también mandan mensajes cada vez más dolidos: “Nos fuimos para vivir, no para olvidar.” Este asesinato —a plena luz, en un acto público— les recordó que allá, en los pueblos donde nacieron, la violencia sigue mandando más que la autoridad.

Los migrantes no condenan: describen. En sus palabras se escucha la decepción. “Prometieron seguridad y tenemos más miedo que nunca,” dice un líder comunitario en Los Ángeles. Otros comparan el silencio oficial con la rapidez de las condolencias que llegaron desde el extranjero. “Parece que a otros países les duele más que al nuestro,” escribe una mujer desde Nevada.

En los foros y redes de la diáspora, el luto se mezcló con la rabia. “Cada semana matan a alguien valiente,” repite otra voz en Las Vegas. “¿De qué sirven las remesas si el gobierno no cuida a nuestras familias?” Para ellos, la distancia no borra el vínculo: lo hace más punzante.

Dicen que el México que los expulsó por pobreza y violencia ahora los aleja también por miedo. Ya no temen solo al secuestro en las carreteras: temen a la impunidad. Ven caer alcaldes, periodistas, sacerdotes y defensores… y se preguntan qué esperanza queda para el ciudadano común.

Desde fuera, los migrantes observan un país que sangra y un gobierno que sonríe. Muchos ya no confían en la política. “Allá ya ni llorar es consuelo,” comenta un hombre en Nueva Jersey. “Pero seguimos mandando dinero, porque aunque duela, sigue siendo nuestro México.”

Para muchos migrantes, el asesinato del alcalde de Uruapan no fue solo un hecho local. Lo ven como el espejo de un país donde el valor se paga con la vida y donde los criminales parecen moverse con impunidad.

Las velas del festival que se apagaron en Uruapan encendieron otras a miles de kilómetros. En casas de migrantes en Houston, Phoenix o Nueva York se rezó por el alcalde caído. Esas llamas simbolizan más que dolor: son la resistencia de quienes, pese a todo, se niegan a dejar de amar a su patria.

Y en los mensajes que siguen circulando, una frase resume el sentimiento de muchos:

“Lloramos por un México ensangrentado… pero seguimos creyendo que algún día volverá a sanar.”

Analista de temas migratorios y de relaciones EU–México