Geopolítica del saqueo
Isidro H. Cisneros
La soberanía de un país no se pierde solamente cuando ondea otra bandera sobre su territorio. También puede perderse cuando sus recursos naturales, sus decisiones económicas y sus prioridades estratégicas quedan subordinados a intereses extranjeros. Así sucedió cuando Donald Trump anunció este 28 de agosto, que Estados Unidos había alcanzado con Venezuela lo que calificó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia”, afirmando que empresas estadounidenses obtendrían el control mayoritario sobre aproximadamente 65 mil millones de barriles de reservas probadas venezolanas, agregando que esto sería sin costo para los contribuyentes de su país. Esto es un asunto de enorme importancia geopolítica porque no estamos simplemente frente a un típico acuerdo comercial petrolero, nos encontramos ante el desarrollo de una nueva forma de colonialismo energético.
Resulta evidente que Estados Unido abusa de su poder político, militar y económico para convertir la actual crisis venezolana en una oportunidad para controlar una parte estratégica de sus recursos naturales. La encargada del despacho presidencial venezolano, Delcy Rodríguez, habla de “soberanía venezolana y participación extranjera para recuperar la industria”, mientras que Trump habla de “control mayoritario” estadounidense. No es la misma cosa. No se trata de una venta puntual de petróleo. Es un compromiso energético de largo plazo que pretende garantizar inversiones, infraestructura, producción y comercialización durante 25 años. Esto significa que Washington no estaría simplemente comprando petróleo venezolano. Estaría adquiriendo una posición estratégica duradera y privilegiada dentro de la principal reserva petrolera del planeta.
Trump tiene varios objetivos simultáneos. En primer lugar, controlar el petróleo porque EU necesita urgentemente incrementar su seguridad energética, el crudo venezolano servirá para reponer las reservas estratégicas estadounidenses aumentando la oferta. En segundo lugar, reducir la dependencia energética de EU. El petróleo venezolano es importante porque se trata de un tipo de crudo pesado que es compatible con determinadas refinerías estadounidenses. En tercer lugar, controlar una reserva estratégica mundial integrada por una quinta parte de las reservas venezolanas. En cuarto lugar, desplazar a China, Rusia e Irán en la comercialización del petróleo. La relación entre Trump y Rodríguez se desarrolla después de la extraordinaria crisis política venezolana que estalló en enero 2026 y que derivó de la intervención militar estadounidense, lo que produjo una relación de enorme asimetría del poder.
La pregunta que aparece es: ¿puede un país conservar jurídicamente la propiedad de su petróleo y, al mismo tiempo, perder capacidad efectiva de decisión sobre su explotación, inversión y comercialización? Porque la soberanía contemporánea no consiste únicamente en ser propietario formal de un recurso. También implica controlar quién lo explota, quién invierte, quién determina el ritmo de producción, quién establece los contratos, quién compra, quién fija las condiciones, y quién recibe la mayor parte de la renta. La soberanía sobre el papel no sirve si otro país obtiene el control efectivo sobre toda la industria.
El nuevo colonialismo extractivo que se está configurando se basa en el control extremo de los recursos estratégicos. Este neocolonialismo no significa necesariamente ocupación territorial. Se refiere a una situación en la que el Estado conserva formalmente su soberanía, pero sus decisiones económicas estratégicas quedan condicionadas por una potencia extranjera. La cuestión no es que Venezuela reciba algunos ingresos que Rodríguez calcula en 209 mil millones de dólares. El problema político es quién controla la cadena completa de valor y quién captura la mayor parte del excedente.
Es un colonialismo depredador en el cual la extracción del recurso tiene prioridad sobre el desarrollo autónomo del territorio y sobre la capacidad de la sociedad propietaria de decidir sobre su futuro. El verdadero desafío para América Latina en el siglo XXI no es elegir entre aislamiento y dependencia, sino en construir una autonomía capaz de negociar con las grandes potencias sin convertirse en patrimonio de ninguna de ellas.
