Gozar o no gozar, ese es el dilema…

Prensa Latina

A través de la Historia, varios pensadores encabezados por Max Weber y Bernard Mandeville han justificado al capitalismo. El egoísmo, la acumulación de riqueza a cualquier costo y la falta de compasión marcan sus discursos

Paris, Francia. La manía de los orígenes y de la genealogía de cosas, ideas, costumbres, historias, tradiciones, pensamiento, hábitos y cocinas suele jugarme buenas pasadas. Si encuentro una hilacha, no resisto la tentación de tirar del hilito. Lo que obtienes suele ser sorprendente y me llevó a acuñar ese aforismo que afecciono: “No hemos inventado nada”.

El capitalismo, por ejemplo. Durante décadas me negué a hacerle caso a Max Weber, un tipo en extremo citado por enteraíllos y que apodábamos los “sobacos ilustrados” en nuestra juventud descreída y sardónica. Un “sobaco ilustrado” –cuyas axilas son refugio y albergue de libros raras veces leídos, pero sí comentados– es un embrión de experto.

Si no se logra integrar en el cerebelo la tesis weberiana de un capitalismo surgido gracias al carácter rigorista, autoritario, puritano y patriarcal de los protestantes, ya te explico. En su libro, La Ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber escribió: “Esta ética está enteramente despojada de todo carácter eudemonista, incluso hedonista. Aquí, el summum bonum –el soberano bien– puede expresarse así: ganar dinero, siempre más dinero, privándose estrictamente de los goces espontáneos de la vida. […] La ganancia devino el fin que el hombre se propone, y no le está subordinada como medio de satisfacer sus necesidad materiales”.

No sé tú, pero no comprendo que las ansias de lucro constituyan un fin en sí mismas, que la permanente acumulación no tenga otro objetivo que el de la acumulación permanente.

Según Weber, el capitalista es una suerte de Scrooge McDuck, tío Gilito o Rico McPato, cuya única satisfacción consiste en zambullirse en su piscina de monedas de oro. McPato no disfruta de su inmensa fortuna: vive de mirarla, protegerla y hacerla crecer. Para Weber, la formación de este ethos es un resultado de las doctrinas de Lutero y Calvino.

Justamente, los protestantes son adeptos de la doctrina de la predestinación heredada de San Agustín… ¿Qué es eso? Según Calvino, el paraíso depende de una decisión arbitraria de Dios y no de las buenas o malas acciones realizadas en vida como creen los católicos ¿Cómo saber si eres un predestinado? Una buena señal es tu éxito o tu fracaso en la vida económica. Visto así, el millonario está en la gracia de Dios y los miserables no califican.

Para no incurrir en motivos que pudiesen privarlo de la buena señal, se priva de consumir su tesoro –cualquiera que sea el nivel y la cantidad de bienes que tiene acumulados–. La vida del protestante será ascética y austera. He ahí el espíritu del capitalismo según Weber.

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Ahora bien, si sacas la cabeza por la ventana, tienes la impresión que quienes viven una vida ascética y austera son los fracasados. Ésto puede explicar mi escepticismo ante el relato weberiano. La observación cotidiana de la pobreza y la miseria hace desconfiar de la teodicea –modo de justificar a pesar del mal que reina entre los hombres– que el clero inculca y Weber evoca.

No puedes ver el rostro puritano y ascético del capitalismo. Pues lo que se pone en evidencia es su trasfondo perverso, egoísta, irracional, individualista e inmoral.

San Agustín anunciaba que la tierra de los hombres sería el lugar de un enfrentamiento entre dos reinos fundados en dos amores diferentes. Uno es el procedente del amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo –amor Dei usque ad contemptum sui–. El otro es el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios –amor sui usque contemptum Dei–.

De éstos, dice San Agustín, uno es santo y el otro, impuro. El amor de Dios está orientado hacia el prójimo. Por ello, también lo llamó amor socialis. El amor a sí mismo subordina el bien común a su propio poder en vista de una dominación arrogante. El amor Dei quiere para el prójimo lo que quiere para sí mismo, mientras el amor sui somete al prójimo a su propio interés. Es un enfrentamiento entre altruismo y avaricia.

De un lado, están Dios y el amor social; del otro, el diablo y el amor propio que sólo escucha sus propios intereses. Visto así, es difícil justificar el desarrollo del capitalismo, cuyo elemento motriz es el egoísmo contrario a la voluntad divina.

Afortunadamente, si algunos piadosos teólogos consagraron tiempo y dedicación a justificar la usura –o sea el crédito con intereses considerado por la Iglesia como un pecado mortal–, no faltaron los pensadores que buscaron la falla en el razonamiento de San Agustín para justificar el amor sui y consagrar el reino de la avaricia y el egoísmo. Esta búsqueda se cristalizó miles de años más tarde gracias a Bernard Mandeville.

La evolución comenzó con Blaise Pascal, católico ferviente al punto de vivir atormentado por su concupiscencia de la ciencia y el saber. El amor de sí mismo lleva al hombre a ser dominado por tres libidos: la libido sentiendi –que proviene de las pasiones sensuales–, la libido dominandi –que procede del deseo de poseer cada vez más y de dominar al prójimo– y la libido sciendi –que toca la pasión de ver, concebir y saber–. Estas tres concupiscencias, las cuales son producto del amor sui –amor de sí mismo–, se oponen al amor Dei –el amor de Dios–.

Pascal buscó vivir en coherencia con su fe y al mismo tiempo con sus extraordinarias dotes de científico. Es el autor de un libro titulado Alea Geometria (Geometría del azar), del cual nacieron el cálculo de probabilidades y más tarde la teoría de los juegos –muy utilizada por los economistas–.

Para hacerse perdonar por la divinidad y poner en práctica sus teorías, inventó su célebre apuesta: apostar por la existencia de Dios. Si existe… te ganas el premio mayor. Si no existe… no pierdes nada (Los Pensamientos, fragmento 397). En realidad no probó la existencia de Dios, sino el interés del hombre en creer que existe. Jugó Dios al cara o cruz. De ese modo, a partir de la concupiscencia y del propio interés, se puede acceder a un orden superior.

En el fragmento 106, escribió: “La grandeza del hombre es haber sacado de la concupiscencia un orden tan bello”. Le torció la nariz a San Agustín y declaró que es posible obtener un orden admirable partiendo de un interés egoísta.

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Un alumno y amigo suyo, Pierre Nicole, llevó el razonamiento mucho más lejos preguntándose: “¿No podría ser que esta enfermedad, el amor de sí mismo, sea el remedio?” Sugirió que el amor propio y egoísta puede ser “ilustrado”. De igual manera, formuló el proyecto de reformar el mundo gracias al amor sui.

Primero, Blaise Pascal influyó en Pierre Nicole. Luego Pierre Nicole influyó en Pierre Le Pesant de Boisguilbert, quien fue el precursor de la “ciencia” económica moderna. En su concepción, existe una “autoridad superior y general”, una Providencia que mantiene el equilibrio de los mercados… ¿La mano invisible?

Le sucedió el protestante calvinista, Pierre Bayle, el cual consolidó el lugar eminente que había que acordarle al amor propio. A este punto, dos tercios del pensamiento agustiniano están derrotados. Pascal legitimó la libido sciendi asociada con su pasión de saber. Mientras que Nicole y Bayle liberaron la libido dominandi de cualquier condena y cantaron la pasión de enriquecerse y de acumular.

El calvinista y médico holandés de origen francés inmigrado a Londres en 1691, Bernard Mandeville, terminó el trabajo. Lanzó la hipótesis que gran parte de los sufrimientos físicos resultan del sometimiento de cuerpos concupiscentes y sensuales a prohibiciones provenientes de un relato religioso.

Constató que hacer hablar a los histéricos, los hipocondríacos y otros maníacos para hacerles expresar lo que no osaban enunciar les ayudaba y reducía los síntomas como si se les absolviese de un pecado. Se adelantó por 3 siglos a Sigmund Freud…

De ahí pensar que si es posible liberar individualmente a los pacientes, tal vez se pudiese liberar a la sociedad colectivamente, no había sino un paso que dio alegremente. Dicho de otro modo, podría ser que la liberación de las pasiones concupiscentes trajeran consigo la opulencia de la sociedad, allí donde su rechazo y represión generaban miseria y decadencia.

Poniendo manos a la obra, Mandeville –traductor de Jean de La Fontaine al neerlandés y al inglés– escribió su célebre Fábula de las Abejas, titulada como La colmena descontenta o Los rufianes devenidos honestos en un inicio. De este texto es conocido el aforismo: Los vicios privados hacen la virtud pública.

La tesis principal es clara: las actitudes, los caracteres y los comportamientos considerados como el desastroso efecto de una de las tres concupiscencias o libidos –pasión de saber, ansias de lucro, lujuria, libertinaje, corrupción, prostitución, etcétera.– sobre el individuo son en realidad la fuente de la prosperidad general y favorecen el desarrollo de las artes y las ciencias.

El nuevo mandamiento sería: “Sea usted tan ávido, egoísta y gastador en su propio placer como pueda serlo porque así hará lo mejor que pudiese hacer para la prosperidad de su nación y la felicidad de sus conciudadanos”.

De ese modo es posible estimar que la guerra contribuye al bien común, el robo contribuye al bien común, la prostitución y la lujuria contribuyen al bien común, el alcohol y las drogas contribuyen al bien común, la contaminación contribuye al bien común…

En su conocida obra La Riqueza de las Naciones (1776) –texto fundador de la teoría económica capitalista–, Adam Smith escribió: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino más bien del cuidado que le ponen a la búsqueda de su propio interés. No confiamos en su humanidad, sino en su egoísmo”. Asimismo, se guardó bien de mencionar a Bernard Mandeville, de quien se inspiró y copió.

El economista y teórico del neoliberalismo Vilfredo Pareto (1848-1923) dijo sin sonrojarse: “Si robas 10 mil quiere decir que vales más que aquel que gana 100 honestamente”. Dicha afirmación es gracias a Mandeville, quien –antes que Pareto– había hecho la apología del robo.

El actual presidente de Francia Emmanuel Macron afirmó (2017): “Usted se cruza con gente que tiene éxito y otros que no son nada”. Frase mandevilliana sin duda alguna.

A propósito de los mejores mecanismos para estimular la laboriosidad, el bondadoso clérigo británico Joseph Towsend argumentó en su Disertación sobre los Pobres (1786): “[…] El hambre es no sólo un medio de presión pacífico, silencioso y constante, sino que como es el móvil más natural para la laboriosidad y el trabajo, suscita el esfuerzo más potente”.

A partir de Mandeville, la compasión hacia el prójimo parece condenada como insana y contraria al interés de la sociedad en su conjunto. El autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, escribió al Parlamento británico pidiéndole eliminar las ayudas a los pobres (Dar Ayudas no es Caridad y darle Empleo a los Pobres es un Daño a la Nación, 1704).

El conocido economista Thomas Malthus redactó en su Ensayo sobre los Principios de la Población (1798): “Se puede decir que la ayuda a los pobres crea los pobres que ayuda”.

Sin dudar se introdujeron por la puerta que Mandeville abrió al escribir en su Fábula de las Abejas: “Para que la sociedad sea feliz y el pueblo esté contento, incluso de su penosa suerte, es necesario que la gran mayoría permanezca tan ignorante como pobre”. Y era capaz de mucho más: en 1723 denunció las instituciones de caridad para los niños pobres.

De igual manera, sugirió abrir burdeles. Coherente con sus ideas, publicó un libro titulado Modesta Apología de las Casas de Putas en 1727. De forma inmediata, fue traducido al francés como “Venus la Popular” e incluso Voltaire se lo regalaba a sus amigos. En este escrito, Mandeville prevé la cantidad óptima de los burdeles necesarios en Londres: un centenar, regentados por 100 cabronas y albergando 2 mil mujeres. Sobre la repartición de las mismas, precisó que “ocho señoritas que tendrían derecho a exigir treinta soles, seis personas a las que se les pagaría un escudo, cuatro a media guinea y la primera clase con dos señoritas a las que se las pagaría una guinea por tan delicado manjar”.

Agregó que cada burdel tendría una enfermería con médicos y cirujanos para controlar la buena salud de las hetairas, así como de los niños nacidos de los encuentros venales. Asimismo, estarían bajo la supervisión de “comisarios y bajo la autoridad de un augusto cuerpo compuesto de eclesiásticos y seculares”. Se ve que Mandeville pensaba en la creación de empleo –a mi modo de ver, Mario Vargas Llosa, autor de Pantaleón y las visitadoras, le debe un puñado–.

Dany-Robert Dufour –a quien le debo buena parte de las referencias aquí utilizadas– afirmó que “Dios, en su inmensa bondad, previó todo: Los hombres no deben reprocharse sus vicios, muy por el contrario, deben vivirlos sin vergüenza, sin empacho, puesto que de sus bajezas nacerá una nueva virtud. La que permitirá, por fin, salir de la penuria para acceder al mundo de la riqueza y de la abundancia”.

El utilitarismo inglés indicaba que el carácter justo o injusto de cada acción está determinado por el carácter bueno o malo, útil o no, de sus consecuencias. El economista Jeremy Bentham señaló que “el principio que defendía –Mandeville– no era otro […] que el de la maximización de la felicidad” (Deontología, 1834). Según el utilitarismo inglés, es la maximización de los vicios privados.

En Francia, Jean-Baptiste Say (1767 – 1832) fundó el liberalismo económico moderno en torno a su receta mágica del laissez-faire –haz lo que te de la gana–, la desregulación. En la era de nuestra admirable modernidad, el liberalismo puede resumirse en la frase: “Hay que dejar actuar las pasiones humanas, especialmente el egoísmo con el que cada cual defiende sus intereses privados”.

En una entrevista a la revista Women´s Own de octubre de 1987, Margaret Thatcher declaró que la sociedad no existe. Sólo existe el individuo practicando libremente sus pulsiones, pasiones, concupiscencia, libidos, amor de sí mismo y egoísmo habida cuenta que el bienestar público surge de los vicios privados.

El puritanismo, el ascetismo, el rigor, la austeridad, la sobriedad y la moderación que –según Weber– presiden la acción del capitalista son un cuento. Entre robar y no robar, más vale robar, sobre todo, si robar es rentable. Gary Becker debe a ese admirable descubrimiento –entre otras cosas– su premio Nobel de economía.

La corrupción, el dolo, la estafa, el vicio, la prevaricación, el robo, la agresión, la trata de blancas e incluso la pedofilia forman parte de la masa de actos que contribuyen al desarrollo de la riqueza y de la abundancia. Gozar o no gozar no es un dilema. Es una orden. A San Agustín le pueden dar moronga.

Luis Casado/Prensa Latina*

*Periodista chileno residente en Francia, profesor, editor, ingeniero y experto en tecnologías de la información

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