Los desastres naturales y la emigración de Libia

Carlos Martínez Assad

Otra vez, como si se tratara de círculos continuos, vuelve a presentarse una avalancha de migrantes, se encuentran por todas partes, en los sitios más recónditos del país que los vio nacer. Se afirma que en el siglo XX se habían desplazado de sus lugares de nacimiento 200 millones de personas, y en los apenas dos primeros decenios del siglo XXI esa cantidad ha sido superada. 

Por eso no resulta ya extraño que en México se encuentren grupos de haitianos, cubanos, salvadoreños, venezolanos y de otros países, incluido el lejano Brasil. En menor proporción, iraquíes, ucranios y sirios han pasado por el territorio buscando esa falsa utopía que simboliza Estados Unidos o se han avenido a los códigos mexicanos y buscan establecerse. 

En Polonia se encuentran millones de ucranios, en Turquía millones de sirios. Grecia continúa recibiendo a los que huyen de las guerras en Medio Oriente y miles de africanos están llegando a Lampedusa, en Italia, con un récord de 110 embarcaciones en un solo día. 

Los gobiernos europeos se encuentran rebasados, y los de Italia y Grecia reclaman a los otros que les están dejando solos frente a un grave problema que no ven la forma de resolver. En otro lugar, el gobernador de Nueva York afirma que la ciudad está desbordada por los grupos de migrantes que llegan de todas partes. Se sabe que vienen huyendo de las condiciones de miseria en las que se encuentran en sus países o para salvar la vida por la intolerancia de las guerras y de conflictos internos. Apelan a sus derechos humanos y a la dignidad con la que deben ser tratados en otros países.

Entre las causales de la salida están los desastres naturales, los que no se pueden evitar porque no está al alcance de los científicos prever terremotos, lluvias intensas, incendios, sequías, aunque lo que podría hacerse es contar con servicios e instalaciones de acuerdo con sus condiciones geográficas y geológicas para enfrentar esos fenómenos. 

Pero no siempre se tiene lo más necesario como el capital y la vocación de los gobiernos para, auxiliándose ahora del conocimiento científico, mitigar los efectos de los desastres. Y, sin embargo, en los años recientes Haití ha sido reducido a algo muy alejado del concepto de nación. 

La tragedia turca. Foto: Mahmut Bozarsan / AP

Y qué decir de lo ocurrido en este año con el temblor entre Turquía y Siria, lo mismo el temblor en Marruecos, así como las grandes y graves inundaciones en Libia. El saldo de víctimas es inimaginable, personas que no tuvieron ni la más remota idea de que vivían en una falla tectónica, o de vivir en los territorios de un planeta vivo con cambios constantes, más drásticos unas veces que otras. 

Muchos de esos desastres naturales tienen consecuencias más graves por la escasa atención que otros países les han dedicado. Por ejemplo, los millones de dólares que se gastan día a día en la guerra Rusia-Ucrania podrían mitigar las condiciones de cualquiera de los países afectados, pero pese a la existencia de los organismos internacionales, difícilmente pueden reorientar el flujo de capitales a sitios en los que probablemente la inversión no reditúe como en una guerra como la aludida en la que los involucrados desarrollan y modernizan tecnologías, aunque sus fines no resulten tan claros.

El caso de Libia resulta altamente bochornoso por todo lo relacionado con la grave situación en la que se encuentra. El ciclón Daniel puso en evidencia las fallas de un sistema desatendido por los gobiernos actuales; es decir, el de Unidad Nacional con base en Trípoli, apoyado por Qatar y Turquía, y el otro con sede en Tobruk, que cuenta con el sostén de Egipto, Emiratos Árabes y hasta de los mercenarios de Wagner, que involucran a Rusia. Ambas gobiernan una población de seis millones 700 mil habitantes en dos territorios de donde han salido miles de migrantes irregulares que ha emprendido el camino hacia Lampedusa a través del mar. Se cuentan por miles los libios que ya lo han hecho…ahora serán más.

La inundación de Derna, una ciudad de 100 mil habitantes, en el este del país, fue completamente arrasada por el desbordamiento de dos presas cercanas que no resistieron el flujo del agua que trajo el fenómeno meteorológico. La tragedia puso en evidencia la negligencia de las autoridades para darles el mantenimiento requerido y probablemente no los recursos necesarios para hacerlo. El último se les dio aún en el gobierno de Muamar Gadafi que fue derrocado en 2011, después de gobernar más de 40 años, cuando fue asesinado por turbas apoyadas por las fuerzas de la OTAN, que lo persiguieron al tiempo que bombardeaban el país. 

Haití bajo escombros. Foto: Benjamín Flores / Procesofoto 

Es importante recordar que Libia cuenta con la mayor reserva de agua traída del desierto según el proyecto del Gran Río Artificial, concebido desde que en las excavaciones para encontrar petróleo se localizó el acuífero de piedra arenisca de Nubia, donde se calcula hay probablemente cien mil kilómetros de agua subterránea. Gadafi, con el apoyo de tecnología producida en diferentes países, desarrolló un proyecto con capital propio por 25 mil millones de dólares en la década de 1980. 

El agua se distribuyó entre el este y el oeste para llevar agua hasta Trípoli. La intervención de la OTAN para derrocar al dictador, aprovechó también para bombardear la planta de tuberías de hormigón pretensado, la primera en el mundo con esa tecnología, que permitía el mantenimiento del sistema. Se justificó con la versión de que almacenaba material bélico. 

Ahora la ciudad de Derna no existe; en su lugar, ha quedado un amasijo de lodo y una cuenca vacía que se integra otra vez al desierto. Pocas veces se ha visto un desastre de tal magnitud y apenas se han contado cinco mil de los 20 mil muertos que se calcula dejó el fenómeno. 

La destrucción tras las inundaciones en Derna, Libia. Foto: Muhammad J. Elalwany /AP 

Los sobrevivientes se desplazan hacia donde puedan vivir y no importa ya el riesgo de tomar una barca de madera mal construida para bogar hacia Lampedusa, en la costa italiana, que al fin nada es peor que permanecer en una tierra donde se les niega el derecho a existir. 

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